En una evolución inesperada y potencialmente disruptiva para la economía global, China, que durante décadas ha sido un motor clave del crecimiento económico mundial, está experimentando un descenso notable en su influencia económica. Este fenómeno, que refleja un cambio sustancial en la dinámica del poder económico global, tiene profundas implicaciones tanto para China como para el resto del mundo.
Durante las décadas de 1960 y 1970, China se encontraba estancada bajo el régimen de Mao Zedong, pero con la apertura hacia el mundo en la década de 1980, el país experimentó un crecimiento económico sin precedentes. La participación de China en la economía mundial, que era menos del 2% en 1990, aumentó espectacularmente hasta alcanzar el 18.4% en 2021. Este crecimiento vertiginoso fue sin igual en la historia económica moderna.
Sin embargo, recientemente se ha observado un retroceso significativo. En 2022, la participación de China en la economía global disminuyó ligeramente, y se espera que para este año caiga hasta el 17%. Esta disminución del 1.4% en solo dos años es notable, siendo la más significativa desde la década de 1960. Estas cifras, expresadas en términos de dólares nominales, reflejan la fuerza económica relativa de un país sin ajustes por inflación, proporcionando así una medida más precisa de su poder económico.
Este declive en la influencia económica de China sugiere un posible reajuste en la jerarquía global. Desde la década de 1990, China había ganado terreno principalmente a expensas de Europa y Japón. Sin embargo, en los últimos dos años, estas regiones han mantenido sus cuotas de participación en el PIB mundial más o menos estables, mientras que el espacio dejado por China está siendo ocupado principalmente por Estados Unidos y otras naciones emergentes.
En términos más amplios, se estima que la economía mundial crecerá en 8.000 millones de dólares en 2022 y 2023, alcanzando un total de 105.000 millones de dólares. De este aumento, China no obtendrá ninguna parte significativa. Por el contrario, se espera que Estados Unidos acoja el 45% de este crecimiento, mientras que los países emergentes abarcarán el 50%. Entre estos últimos, India, Indonesia, México, Brasil y Polonia serán los principales contribuyentes, lo que indica un cambio sorprendente en los posibles reajustes del poder económico mundial.
Es crucial destacar que el descenso de la participación de China en el PIB mundial no se basa en fuentes externas, sino en los propios datos oficiales del PIB publicados por el país.
La aparente estabilidad del PIB real de China, ajustado a la inflación, ha enmascarado una realidad económica más compleja y preocupante. A pesar de las afirmaciones de Pekín de alcanzar constantemente un crecimiento real en torno al 5%, una mirada más detallada revela un panorama económico más sombrío. El crecimiento potencial real a largo plazo de China, considerando tanto la incorporación de nuevos trabajadores como la producción por trabajador, se sitúa en realidad cerca del 2,5%. Este es un dato crítico, ya que el crecimiento económico sostenible de un país depende en gran medida de estos factores.
El actual “baby bust” en China ha reducido significativamente su porcentaje de la población mundial en edad de trabajar, pasando de un máximo del 24% al 19% y se proyecta que caiga aún más, hasta el 10%, en los próximos 35 años. Con una proporción decreciente de trabajadores a nivel mundial, es casi seguro que el crecimiento económico se reducirá.
Además, el incremento de la intervención del gobierno chino en la economía y la alta deuda, inusual para un país en desarrollo, están frenando el crecimiento de la productividad, medida como la producción por trabajador. Esta combinación de menos trabajadores y un crecimiento anémico de la productividad por trabajador, presenta un obstáculo significativo para que China recupere su cuota en la economía mundial.
En términos nominales, se espera que el PIB de China disminuya en 2023, lo que sería la primera vez desde una gran devaluación del renminbi en 1994. Dado que el crecimiento del PIB real enfrenta limitaciones, Pekín solo podría recuperar cuota mundial mediante un aumento de la inflación o del valor del renminbi, pero ninguna de estas opciones parece probable. Actualmente, China enfrenta una situación de deflación y una crisis inmobiliaria impulsada por la deuda, lo que generalmente conduce a una devaluación de la moneda local.
Esta situación económica está generando una fuga de capitales de China a un ritmo sin precedentes. La inversión extranjera en fábricas y proyectos en China disminuyó en 12.000 millones de dólares en el tercer trimestre, la primera caída desde que se tienen registros. Además, los inversores chinos están buscando oportunidades en el extranjero a un ritmo acelerado, lo que indica una falta de confianza en el mercado local.
En este contexto, el presidente chino, Xi Jinping, ha manifestado en el pasado una firme convicción en el ascenso inevitable de China. Sin embargo, sus recientes interacciones con líderes extranjeros, como el encuentro con Joe Biden y altos ejecutivos estadounidenses en una cumbre en San Francisco, sugieren una posible moderación en su postura o, al menos, un reconocimiento de la necesidad de mantener relaciones comerciales con socios internacionales. A pesar de los esfuerzos de Xi, es probable que la participación de China en la economía mundial continúe disminuyendo en el futuro cercano.
Este conjunto de factores indica que estamos entrando en una era post-China, donde el dominio económico del país asiático está cediendo paso a un nuevo orden económico global.