La conferencia de Bagdad, celebrada el sábado 28 de agosto, fue inusual tanto por el lugar como por los participantes. El lugar fue Bagdad, el anfitrión fue el primer ministro iraquí Mustafa al-Kadhimi, y entre los participantes se encontraban los líderes de Francia, Egipto, Jordania y Qatar, y los ministros de Asuntos Exteriores de Arabia Saudita, Irán, Kuwait y Turquía.
El evento pretendía alcanzar dos objetivos: uno, más limitado, era reforzar la estabilidad de Irak; el otro, más amplio, fortalecer la estabilidad regional. Siria, Líbano y Yemen, que se han convertido en campos de batalla para algunos de estos actores, no fueron invitados al evento. El momento en que se celebró, en plena retirada de Estados Unidos de Afganistán, no fue seguramente una coincidencia. Refleja la creciente comprensión por parte de los Estados de la región de que ya no pueden confiar en la participación de Estados Unidos y que ahora deben valerse por sí mismos.
La convocatoria de la conferencia apunta a varios acontecimientos importantes en Oriente Medio. La primera está relacionada con el anfitrión, Irak, que se está posicionando como mediador regional. Hay que recordar que Irak no ha desempeñado un papel importante en la región desde principios de la década de 1990, cuando fue boicoteado por la invasión de Kuwait por parte de Saddam Hussein. Además, la toma de posesión de Irak por parte de Estados Unidos en 2003, la “coronación” de la mayoría chiíta y el estallido de la guerra civil convirtieron a Irak en un paria en el mundo árabe mayoritariamente suní.
Aunque Irak acogió la Cumbre de la Liga Árabe de 2012, estuvo ocupado sobre todo con los problemas internos y los esfuerzos para derrotar al Estado Islámico. Sin embargo, como Estado árabe controlado por una mayoría chií, Irak está ahora convenientemente situado para mediar entre la Arabia Saudita árabe suní e Irán, un Estado chií no árabe. Así, mientras que antes Irak buscaba la hegemonía en el mundo árabe, ahora intenta reforzar su posición e influencia mediando entre los rivales de la región.
El segundo avance está relacionado con la formación y el fortalecimiento de una alianza trilateral entre Irak, Jordania y Egipto.
Desde 2019, los líderes y ministros de Asuntos Exteriores de estos tres Estados se han reunido al menos cinco veces, y sus conversaciones se han centrado en una mayor cooperación económica y de seguridad, incluyendo proyectos energéticos y energéticos compartidos (por ejemplo, la conexión de Irak a la red jordana para reducir su dependencia de Irán, la exportación de petróleo iraquí a través de Aqaba y el establecimiento de una zona de libre comercio).
Aunque Irak y Egipto compitieron en el pasado por el liderazgo del mundo árabe, también vivieron periodos de cooperación, como durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), y la creación del Consejo de Cooperación Árabe, que incluía también a Yemen y se disolvió con la invasión de Kuwait por parte de Irak en la década de 1990. Las circunstancias actuales permiten renovar esta alianza histórica.
El tercer acontecimiento es que Irán y Arabia Saudita, a pesar de su profunda enemistad, han conseguido allanar el camino para las discusiones y el diálogo, lo que ilustra que la división binaria realizada por los medios de comunicación entre los Estados árabes “moderados” y el eje radical de Irán, Siria, Hezbolá y Hamás es una simplificación excesiva. De hecho, vemos que Arabia Saudita, los Emiratos, Qatar y Turquía llevan a cabo una sofisticada realpolitik que deja la puerta abierta a las conversaciones con los definidos como enemigos.
En la conferencia de Bagdad, los ministros de Asuntos Exteriores de los EAU y Kuwait se reunieron con el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, pero no está claro si también se celebró una reunión entre Irán y Arabia Saudí al margen. No obstante, Bagdad ha acogido desde abril conversaciones entre representantes iraníes y saudíes destinadas a aliviar las tensiones entre ellos.
El presidente francés Macron está tratando de promover los intereses económicos de su país en la rehabilitación de Irak y, de paso, encontrar la manera de reconstruir también el Líbano. Por otra parte, Estados Unidos no participó formalmente en la conferencia, aunque hay que recordar que 2.500 soldados estadounidenses siguen desplegados en Irak, y una gran misión diplomática estadounidense opera en la “zona verde” protegida de Bagdad, cerca del lugar de la conferencia.
El comunicado final de la conferencia expresó su apoyo al fortalecimiento de las instituciones iraquíes y a su estabilidad, pero no llegó a proponer medidas concretas para la consecución de estos objetivos. También en el contexto regional, el comunicado señalaba que los participantes reconocían los retos compartidos a los que se enfrentan, que requieren una cooperación basada en relaciones de buena vecindad que eviten la intervención en los asuntos internos de cada uno y respeten la soberanía nacional de cada país. El tiempo dirá si estos tópicos generales se traducen en acciones o se quedan en el papel. El tiempo también dirá si se celebraron reuniones significativas al margen de la conferencia.
¿Y qué pasa con Israel? La retirada de Estados Unidos de Afganistán supuso, aparentemente, un fortalecimiento de su posición e importancia en la región.
En ausencia de una superpotencia occidental que la patrocine, muchos países perciben a Israel como una potencia regional con un importante papel que desempeñar en el sistema de pesos y contrapesos frente a Irán, que podría atacar sus instalaciones nucleares, si fuera necesario, como hizo en 1981 en Irak y en 2007 en Siria. Sin embargo, esta conferencia ilustra que, a pesar de la alianza pública forjada entre Israel, los EAU y Bahréin, y de los lazos clandestinos de Israel con Arabia Saudita, estos países intentan llegar a entendimientos con Irán basados en la suposición de que en el peor de los casos -un Irán nuclear- la opción israelí seguirá estando sobre la mesa.