Si esta situación fuese un combate de boxeo, el árbitro ya habría concluido el encuentro, probablemente sin necesidad de contar más allá de tres.
En el escenario actual, el combate se desencadena cuando Blinken, con una declaración descarada, niega cualquier derecho israelí sobre Judea y Samaria. Esta afirmación es errónea desde sus cimientos. Según el Derecho Internacional, Israel posee tanta legitimidad sobre Judea y Samaria como la que tiene sobre Tel Aviv. Judea y Samaria es el corazón de la nación.
Mort Klein, de la Organización Sionista de América (ZOA) describe la postura de Biden y Blinken como una distorsión de la política estadounidense, una transgresión de tratados internacionales, un obstáculo para la paz y una amenaza directa a la seguridad de Israel. Klein no duda en etiquetar a la dupla Biden-Blinken como extremistas antiisraelíes.
Para ilustrar esta acusación, otro representante de la Casa Blanca emerge, despojando a Israel de sus reclamaciones sobre Gaza y sugiriendo que el territorio debe ser devuelto a los árabes, incluyendo a Hamás. Esto, incluso después de la masacre del 7 de octubre, en la que asesinaron a 1.200 israelíes inocentes.
Para este par, ese horror es apenas un eco del pasado, una noticia caduca que se disipa mientras degustan un helado, indiferentes. Así, Biden avanza hacia una propuesta de cese al fuego entre Israel y Hamás, con la despreocupación de un infante disfrutando de un dulce, un gesto que marcará indeleblemente su legado como el 46º presidente de los Estados Unidos.
“Sr. presidente, Sr. presidente, una pregunta…” Si la cuestión es sobre migración, la culpa recae automáticamente sobre Trump. Pero lo que realmente desafía al presidente es elegir entre chocolate o vainilla, una pregunta “más compleja” de lo que cualquier otro desafío de su mandato ha representado. Los medios de comunicación se han convertido en sus cómplices, perpetuando esta farsa.
Sin embargo, la narrativa toma un giro aún más oscuro cuando “60 Minutos” de CBS entra en escena con un reportaje que destila un veneno antisemita, un periodismo de tan baja calidad que solo podría tolerarse con un estómago fuerte, quizás buscando en YouTube evidencia de esta triste realidad.
La síntesis ofrecida por ciertos sectores de la prensa pinta a los judíos y a los israelíes como entes monstruosos que, sin justificación alguna, arremeten contra los “inocentes gazatíes”, obviando que la mayoría de estos últimos comparte las culpas sangrientas de Hamás.
No obstante, esto es un detalle que los medios convencionales omiten deliberadamente. “60 Minutes” alcanzó notoriedad al abrazar la ficción como vehículo de narrativa, siguiendo el consejo de Don Hewitt, su fundador, quien instaba a su equipo a contar historias polarizadas entre héroes y villanos, asignando a los árabes el papel de los primeros y a los israelíes, el de los últimos.
Y como si esta representación fuese insuficiente, el New Yorker se suma a la campaña difamatoria, acusando a los “colonos” israelíes de agredir a sus vecinos palestinos. Esta cascada de críticas no es casual, sino más bien un esfuerzo coordinado para presionar a Israel hacia la aceptación de un “Estado palestino”, ofreciendo a los israelíes nada más que la calle Dizengoff como consuelo.
El acoso sostenido de Biden y Blinken hacia Israel, cargado de negatividad, contribuye a ese sentimiento de aislamiento que a veces nos embarga. Sin embargo, es crucial recordar que nuestro carácter distintivo no es una debilidad, sino todo lo contrario: es la fuente de nuestra resiliencia y fortaleza.
En un mundo donde la verdad es frecuentemente sacrificada en el altar de la conveniencia política y el sensacionalismo mediático, mantenerse firme en nuestros principios es más que una elección; es un mandato.