Varios países europeos han adquirido más de 200 F-35, profundizando su integración con EE. UU. mientras se cuestiona la autonomía estratégica del continente.
Europa acelera modernización aérea con aviones de quinta generación
Frente a un entorno geopolítico cada vez más volátil tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, múltiples gobiernos europeos han intensificado sus esfuerzos de rearme, enfocándose en la renovación de sus fuerzas aéreas. Aunque no existe un acuerdo conjunto de la Unión Europea para adquirir de forma centralizada 200 cazas, los pedidos individuales realizados por países miembros de la UE y aliados cercanos superan ampliamente esa cifra. Este fenómeno posiciona al F-35 Lightning II como el avión de combate preferido en el continente.
Estados como Alemania (35 unidades), Polonia (32), Finlandia (64) y Noruega (52) se han sumado a la tendencia de adquirir el caza de quinta generación fabricado por Lockheed Martin. Otros países como Bélgica (34), Dinamarca (27) y Países Bajos (al menos 46) también han incrementado sus pedidos, mientras que el Reino Unido, aunque fuera de la UE, mantiene una flota activa de 48 unidades con planes de ampliación. Estas adquisiciones reflejan un patrón común: la necesidad de sustituir aeronaves como el F-16, el Mirage 2000 y el Tornado, diseñadas en la Guerra Fría.
El resultado de esta convergencia ha sido la consolidación del F-35 como estándar operativo en la región, con implicaciones directas sobre la política industrial y la soberanía tecnológica europea.
Pedidos europeos de F-35 confirmados hasta abril de 2025
- Alemania: 35 unidades
- Polonia: 32 unidades
- Finlandia: 64 unidades
- Noruega: 52 unidades
- Bélgica: 34 unidades
- Dinamarca: 27 unidades
- Países Bajos: al menos 46 unidades
- Reino Unido: 48 unidades confirmadas

El dominio estadounidense desplaza a fabricantes europeos
La creciente adopción del F-35 ha generado controversia en el seno de Europa, especialmente por el impacto que supone para fabricantes como Airbus, Dassault Aviation y Saab. El caza estadounidense ha desplazado a alternativas como el Rafale, el Eurofighter Typhoon o el Gripen, modelos que, si bien siguen vigentes, no han logrado igualar en sigilo ni en sensores al F-35, que se presenta como una solución inmediata frente a amenazas modernas.
Mientras tanto, iniciativas propias como el Sistema de Combate Aéreo Futuro (SCAF), liderado por Francia y Alemania, o el Tempest del Reino Unido e Italia, avanzan lentamente, con una entrada en servicio estimada hacia 2040. En consecuencia, el F-35 llena un vacío estratégico y operativo que los fabricantes europeos no pueden cubrir en el corto plazo.
Este desplazamiento plantea interrogantes sobre la viabilidad de una defensa europea autónoma. Aunque los cazas europeos ofrecen ventajas en coste operativo, como en el caso del Rafale, las capacidades superiores del F-35 en fusión de sensores y guerra electrónica han pesado más en las decisiones de compra.
La situación pone en entredicho la estrategia de autonomía estratégica defendida por Bruselas, al tiempo que fortalece la interdependencia con Estados Unidos en materia tecnológica y operativa.
Costos, logística y software refuerzan el control de EE. UU.
Más allá del coste de adquisición, la operación del F-35 implica compromisos de largo plazo. Lockheed Martin controla una cadena logística centralizada, con actualizaciones, mantenimiento y componentes suministrados principalmente desde Estados Unidos. El coste operativo por hora de vuelo del F-35A supera los 38.000 dólares, según datos de la GAO, una cifra muy superior a la de sus competidores europeos.
Los países europeos, al operar el F-35, deben mantener una coordinación constante con Washington para acceder a repuestos, recibir parches de software y certificar modificaciones. Además, el uso de código propietario estadounidense ha suscitado inquietudes sobre posibles limitaciones externas, si bien no existen pruebas concluyentes que lo confirmen.

Este modelo de gestión genera una relación asimétrica entre usuarios y proveedor, donde el país fabricante mantiene el control de los sistemas clave. Algunos expertos han señalado que esto contradice el principio de soberanía operativa en defensa que la UE ha tratado de promover desde 2017.
En la práctica, el F-35 se convierte en una herramienta militar eficaz pero que, en palabras del analista Justin Bronk, “compromete parcialmente la autonomía estratégica” de quienes lo operan.
Bruselas lanza iniciativas para contener la pérdida de soberanía
Consciente de esta dependencia creciente, la Comisión Europea lanzó en marzo de 2025 el plan “Preparación 2030”, destinado a reforzar la base industrial de defensa del continente. La propuesta contempla una inversión de hasta 800.000 millones de euros en la próxima década, con el objetivo de estimular la producción local y reducir la dependencia de proveedores externos.
No obstante, la expansión del F-35 en Europa parece ir en sentido opuesto a estos objetivos. Francia, por ejemplo, ha insistido en priorizar el Rafale como opción nacional y europea, mientras que España ha evitado sumarse a las compras del caza estadounidense, considerando en su lugar reforzar su flota de Eurofighter, según declaraciones del general Francisco Braco en 2024.
Las decisiones unilaterales de compra han revelado la falta de coordinación en materia de defensa dentro de la UE. Aunque la guerra en Ucrania ha impulsado una mayor conciencia colectiva, aún no se ha establecido una política común de adquisiciones. En consecuencia, los países actúan individualmente, muchas veces bajo presión diplomática de Washington para adoptar sistemas interoperables con la OTAN.
El resultado es un panorama donde Europa invierte cuantiosas sumas en defensa sin consolidar una estrategia industrial ni tecnológica común, lo que refuerza las dudas sobre su verdadera capacidad para sostener una defensa autónoma.