Con alcance extendido y capacidad anti-buque, el misil DF-26 redefine la disuasión china al amenazar directamente a los portaaviones y bases clave de EE. UU. en el Indo-Pacífico.
El DF-26 redefine el poder balístico chino en el Indo-Pacífico
Concebido por la Corporación de Ciencia y Tecnología Aeroespacial de China (CASC) y operado por la Fuerza de Cohetes del Ejército Popular de Liberación (PLARF), el DF-26 representa un salto cualitativo en las capacidades de disuasión regional y estratégica de China. Este misil balístico de alcance intermedio (IRBM) ha sido diseñado para contrarrestar la presencia de portaaviones nucleares de EE. UU. y otros activos críticos en la región.
Exhibido públicamente en 2015 y confirmado en servicio activo en 2018, el DF-26 combina versatilidad de ojivas —convencionales o nucleares— con un alcance que varía entre 3.000 y 4.000 kilómetros. Esta distancia le permite atacar tanto la primera cadena de islas como la segunda, incluyendo Guam, una base clave estadounidense.
El misil se distingue por su capacidad para realizar ataques contra objetivos móviles navales, entre ellos portaaviones de las clases Nimitz y Ford. Esta aptitud lo convierte en una pieza central de la estrategia china de anti-acceso y negación de área (A2/AD), destinada a dificultar la intervención militar extranjera en su periferia.
El desarrollo del DF-26 simboliza la determinación de modernizar el poder ofensivo chino, articulando tecnología avanzada con doctrina estratégica ofensiva, especialmente ante la competencia con Estados Unidos por el dominio marítimo en Asia.
Tecnología hipersónica y precisión avanzada complican la defensa
Una de las capacidades más destacadas del DF-26 es la integración de un vehículo de reentrada maniobrable (MaRV), que le permite modificar su trayectoria durante la fase terminal del vuelo. Esto dificulta su intercepción por sistemas como el Aegis, y misiles SM-3 o SM-6.

Esta maniobrabilidad, sumada a su velocidad hipersónica en reentrada (hasta Mach 10 o superior), plantea un desafío significativo a las defensas estadounidenses. Estimaciones indican un CEP (error circular probable) de entre 150 y 450 metros en la versión convencional, y tan bajo como 10 metros en la variante DF-26B, específicamente diseñada para ataques navales.
Además, el misil utiliza un sistema de guiado compuesto por navegación inercial y satelital, con probabilidad de integrar guiado terminal activo en sus versiones más recientes. Esta combinación refuerza su precisión frente a objetivos tanto fijos como móviles.
En conjunto, estas características convierten al DF-26 en una amenaza balística sofisticada, capaz de evadir, saturar o superar las capacidades defensivas actuales desplegadas por Estados Unidos en la región Indo-Pacífica.
Datos técnicos clave del misil balístico DF-26
- Alcance estimado: entre 3.000 y 4.000 km.
- Ojivas: convencionales o nucleares intercambiables.
- Peso de lanzamiento: aproximadamente 20.000 kg.
- CEP estimado: 150–450 m (convencional); hasta 10 m (anti-buque).
- Velocidad de reentrada: superior a Mach 10.
- Movilidad: lanzadores móviles tipo TEL (Transporter Erector Launcher).
Pruebas y despliegues fortalecen la postura ofensiva de Pekín
Desde su entrada en servicio, el DF-26 ha sido sometido a múltiples ejercicios operativos destinados a validar sus capacidades técnicas y reforzar su utilidad disuasoria. En agosto de 2020, China lanzó un DF-26B y un DF-21D hacia el Mar de China Meridional, apuntando a blancos entre Hainan y las Islas Paracel.
Este lanzamiento, realizado tras acusaciones contra un avión espía U-2 estadounidense, se interpretó como un mensaje directo a Washington. Según medios estatales, el DF-26B impactó con éxito un objetivo naval en movimiento, demostrando una funcionalidad anti-buques en condiciones operativas.
Otros ejercicios, realizados en 2021, incluyeron simulaciones de lanzamiento nocturno y despliegue rápido, resaltando la movilidad estratégica de los lanzadores TEL. Esta capacidad aumenta la supervivencia del sistema frente a ataques preventivos.
Estas demostraciones reflejan la estrategia de Pekín de emplear el DF-26 como instrumento de presión regional y como prueba de su capacidad de escalar respuestas militares en caso de confrontación, particularmente en torno a Taiwán o el Mar del Sur de China.

Washington refuerza defensas ante una amenaza de nueva generación
La proliferación del DF-26 ha obligado a Estados Unidos y sus aliados a reevaluar sus posturas militares en el Indo-Pacífico. Según el Pentágono, el arsenal de misiles balísticos chinos de alcance intermedio se duplicó entre 2021 y 2022, con más de 500 misiles DF-26 y al menos 250 lanzadores recargables en operación.
Para contrarrestar esta amenaza, la Marina estadounidense ha mejorado los misiles SM-6 con capacidad de interceptación en modo dual, así como iniciado la integración de tecnologías como el láser HELIOS y nuevas plataformas de guerra electrónica. Sin embargo, analistas señalan que la combinación de alcance, precisión y volumen de fuego del DF-26 pone en entredicho la eficacia de las defensas navales actuales.
Además, la capacidad china para realizar salvas masivas y atacar simultáneamente múltiples objetivos —incluidos portaaviones, bases aéreas y centros logísticos— crea escenarios complejos para la planificación táctica estadounidense.
Este entorno exige una respuesta adaptativa: movilidad dispersa, despliegue rotativo y tecnología emergente. El DF-26 no solo plantea un desafío técnico, sino una presión continua sobre la estructura estratégica estadounidense en Asia.
El DF-26 simboliza el cambio en el equilibrio militar del Pacífico

Más allá de sus capacidades técnicas, el DF-26 representa una transformación en la doctrina militar china. Su despliegue masivo refleja el paso de una defensa centrada en el territorio a una disuasión regional más activa, con alcance sobre infraestructuras estratégicas de Estados Unidos y aliados clave como Japón y Corea del Sur.
China apuesta por un modelo que combina poder ofensivo, movilidad táctica y saturación de defensas. Frente a esto, Washington debe adoptar medidas que trasciendan la superioridad convencional, invirtiendo en sistemas de detección temprana, interceptación avanzada y capacidad de respuesta distribuida.
El DF-26 se posiciona como uno de los pilares de esta nueva arquitectura militar regional, obligando a las potencias occidentales a adaptarse a un entorno donde la superioridad naval ya no es incuestionable.
En este contexto, el misil chino actúa no solo como arma, sino como herramienta de presión estratégica, consolidando a China como actor disuasivo de primer nivel en un escenario global cada vez más polarizado.