Hoy, 27 de enero, el mundo conmemora el horrible asesinato de 6 millones de judíos -hombres, mujeres y niños- por los nazis y sus ayudantes en el Holocausto. Recordamos el capítulo más oscuro de la historia de la humanidad, cuando un país europeo decidió adoptar un plan sistemático para exterminar hasta el último judío, y poner toda la potencia de su avanzada industria para ejecutar el terrible crimen.
El asesinato en masa del pueblo judío no tuvo lugar en el vacío. Durante cientos de años, el antisemitismo fue moneda corriente en toda Europa. Cuando nadie lo desafió, se hizo más fuerte. Se extendió, y finalmente estalló con toda su fuerza. El odio a los judíos, que tenía sus raíces en la antigüedad y que dejó una mancha en la Edad Media, se trasladó a la era moderna con toda su fuerza. Algunos pensaron que, tras los horrores de Auschwitz y Treblinka, la humanidad aprendería la lección de una vez por todas, se desprendería del antisemitismo y arrojaría ese odio destructivo al montón de cenizas de la historia, donde debía estar. Sin embargo, estaban muy equivocados. La gangrena del antisemitismo sigue extendiéndose en el siglo XXI. Vemos expresiones de él en respetadas universidades de Norteamérica, en madrasas islámicas del sur de Asia y entre la élite europea.
El antisemitismo está presente tanto en el mundo occidental desarrollado como en el Oriente en desarrollo. Es la política oficial de Irán, que día tras día declara con arrogancia Nuestro objetivo es matar a otros 6 millones de judíos y destruir Israel. De hecho, no se ha encontrado ninguna vacuna para el virus del antisemitismo. Algunos dirán que nunca desaparecerá, porque las cosas no cambian.
Pero yo puedo decirles lo que ha cambiado: nosotros, el pueblo judío, hemos cambiado. Durante el Holocausto no teníamos hogar, ni Estado, ni salvación, y nos vimos obligados a rogar a los demás que nos defendieran, pero eso ya no es así.
Hoy somos libres, estamos establecidos en nuestra patria y somos la potencia superior en nuestro país independiente. Como primer ministro del orgulloso y fuerte Estado de Israel, un Estado que renació tras el Holocausto, un Estado que se construyó sobre las cenizas de la destrucción, un Estado que dio a los supervivientes un hogar, un Estado en el que el pueblo judío está viviendo el cumplimiento de un sueño, juro que nunca olvidaremos el trágico pasado, y que nunca más estaremos indefensos ante los que quieren matarnos.
“Nunca más” no es un mero eslogan. Es nuestra política, nuestra misión y nuestra tarea. La ejecutaremos y, con la ayuda de D’os, nos aseguraremos de que el pueblo judío viva para siempre.